Volver al blog 13 de marzo de 2020 · Por Cristina Rodríguez i Díaz (madre, maestra y fallera)

¿Qué es ese ruido?

¿Qué es ese ruido?

El reloj del comedor marcaba las 7:12h. Un ruido extraño había despertado a Farah, que, sobresaltada y con un poco de miedo, se había levantado de la cama y se había dirigido hacia el comedor para mirar por la ventana.

Hacía solo unos meses que ella, junto con su familia, vivía en la ciudad, y todavía no estaba acostumbrada a los ruidos que cada día sucedían. Al principio de su llegada sentía mucho miedo cada vez que oía algo, pero poco a poco ese miedo se fue transformando en curiosidad.

Al asomarse por la ventana del comedor, vio que en el descampado de enfrente de casa había aparcados 4 camiones y muchas caravanas. Tal y como estaban situados, dibujaban un círculo perfecto, y en medio se podía observar cómo una tela gigante de colores blanco y rojo era extendida por un grupo de personas.

Farah no tenía ni idea de qué se trataba, y corriendo se dirigió al dormitorio de sus padres. Al llegar, observó que todavía dormían. «¿Cómo es posible que no se despierten con este ruido?», pensó Farah. Todavía faltaban unos minutos para que el despertador hiciera su trabajo.

La niña volvió al comedor para mirar de nuevo por la ventana. Era mucha la curiosidad que sentía. Ahora ya no se trataba de una tela, se trataba de una especie de carpa gigante. Le recordaba a aquellas tiendas que, al visitar a los abuelos, vio en el desierto del Sáhara unos años atrás. ¿Se trataría de la visita de un imán? No era capaz de esperar más. La curiosidad era tanta que volvió al dormitorio de sus padres y los hizo despertar.

Los tres: padre, madre y ella, se dirigieron a la ventana. «¡Es un circo!», exclamó la madre, que había leído un libro de un elefante que se llamaba Dumbo cuando era pequeña. Farah no sabía qué era un circo, y la madre le explicó la historia del elefantito. Farah estaba muy triste; quería mucho a los animales, y la idea de ver a los animalitos encerrados en jaulas la perturbaba.

Como ya era casi la hora de levantarse, la familia decidió desayunar los tres juntos, y el padre preparó unas tostadas mientras la madre preparaba la leche. Farah se sentía triste, no entendía qué podía tener de interesante hacer sufrir a los animales. Con ese pensamiento se dirigió a la escuela.

Pasó la mañana, y la maestra, que había notado que algo le sucedía a la niña, le pidió que esperara un momento hasta que salieran todos al patio, que quería hablar con ella. Farah no conocía la palabra circo en valenciano, pues solo hacía unos meses que vivían en Valencia, y con el poco vocabulario que ya conocía y la ayuda de la tiza y la pizarra, le explicó a la maestra lo que había sucedido aquella mañana. Después salió al patio.

Ya en el patio, Pau se acercó a ella. La veía triste, no tenía su sonrisa característica y no jugaba. Después fue Roser quien se acercó a los dos amiguitos, y así toda la clase. No querían que su compañera estuviera triste. Ellos tampoco querían que los animales estuvieran encerrados en jaulas.

Sonó la música que marcaba el fin del patio, y todos juntos fueron a la fila para buscar a Núria, su maestra. Qué sorpresa cuando la vieron: llevaba la nariz pintada de rojo y no hablaba.

Entraron en clase, y Núria, con gestos, les hizo sentarse en el rincón de la alfombra. Todos le preguntaban por su nariz. ¿Qué quería decir eso de llevar la nariz roja? Núria en ese momento empezó a reír y dijo que era una payasa. ¿Una payasa? Dijeron los niños sorprendidos. ¿Qué es eso? Solo tenían 4 añitos y no sabían qué era eso.

Núria les explicó que hacía muchos años los circos iban por los pueblos con animales de todo tipo en jaulas y hacían espectáculos con ellos, pero que por suerte en Valencia eso estaba prohibido, y los circos eran de payasos, que eran personas con la cara pintada de blanco y la nariz roja que hacían reír a niños y mayores.

Farah ya no estaba triste, los amiguitos de clase tampoco. A ella todavía le costaba un poco expresarse y poder hablar, pero los amiguitos que la querían mucho hacían lo que fuera necesario para hacerla sentir bien. Unas veces con mímica, otras con dibujitos, hacían que ella los entendiera y le enseñaban nuevas palabras.

Llegó el viernes, y la maestra dijo que había una sorpresa. El día antes había pedido a los padres una autorización que Farah todavía era incapaz de leer. Al llegar a la escuela por la mañana no subieron a clase, hicieron fila y salieron de la escuela. Nadie sabía adónde iban, pero después de 3 cruces, girar a derecha e izquierda, divisaron la gran lona del circo.

Entraron en la carpa y el espectáculo empezó. Primero fueron los malabaristas. ¡Qué destreza con las mazas! ¿Cómo pueden lanzar el diábolo tan alto? ¡Son 6 pelotas! Fueron algunos de los comentarios que las compañeras y los compañeros de Farah hicieron. Después fueron los equilibristas. Caminando, en bici e incluso con un patinete, hacían equilibrio de un lado a otro de la carpa sobre una cuerda.

Pero lo mejor estaba por llegar: «el payaso diabólico», anunció el presentador. De detrás de las cortinas apareció un personaje que daba mucho miedo, tenía los dientes puntiagudos y la boca llena de sangre. Su pelo era de un naranja fuego que hacía temblar, y los ojos amarillos recordaban a los de una serpiente. Farah y el resto de compañeros y compañeras sintieron mucho miedo. La maestra había explicado que los payasos hacían reír, y este de reír no tenía nada.

Farah fue valiente, y aunque estaba muy acobardada, se quedó inmóvil esperando que aquel personaje extraño hiciera algo. Joan no fue tan valiente, soltó un grito y salió corriendo hacia fuera de la carpa, seguido de Laia y de Carles. Llegados a este punto, Núria decidió salir fuera con todo el alumnado. Estaban aterrados y con los ojos llorosos. Quizás este personaje no era apto para chiquillos de 4 años, pensó, y volvieron todos juntos a la escuela.

Al llegar a clase se sentaron en la asamblea, y fue Mireia quien pidió la palabra y empezó a reírse de aquellos que habían llorado, haciéndose la valiente. Farah no entendía el porqué de aquellas risas que venían de la compañera, y sin comprender ninguna palabra de lo que Mireia decía, se levantó rompiendo el círculo para acercarse a Joan y darle un abrazo para calmar al amigo que ahora lloraba.

Núria seguía muy de cerca todo lo que estaba sucediendo, y le quitó la palabra a Mireia para dársela a Pep. Este dijo a la clase que él también había sentido mucho miedo, pero que estaba muy contento de haber podido comprobar que en aquel circo no había animales. Toda la clase asintió con la cabeza, y empezaron a decir uno tras otro exactamente lo mismo que había dicho Pep. Miquel añadió que no estaba de acuerdo con lo que había dicho Mireia, que reírse de un compañero no estaba bien, lo cual fue aplaudido por toda la audiencia. Y Mireia, muy avergonzada, volvió a pedir la palabra para disculparse con Joan y con el resto de compañeros y compañeras de la clase. Sonó la música que marcaba el fin de las clases de aquella semana.

Farah volvió a casa contenta, y al llegar les explicó a sus padres todo lo que había aprendido. Los circos en Valencia no maltrataban a los animales, los payasos no siempre hacen reír, el miedo no es motivo para reírse de nadie, tenía amigos en clase que se preocupaban por ella, y sobre todo, en su clase todos se respetaban y se querían.

Cristina Rodríguez i Díaz
Madre, maestra y fallera

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