Volver al blog 4 de marzo de 2024 · Por Setmana Santa Inclusiva (colectivo)

Por una Semana Santa inclusiva que nos respete a todas y a todos

Por una Semana Santa inclusiva que nos respete a todas y a todos

«Desde 1492 las mujeres saguntinas hemos acompañado a los hombres en la celebración de la Semana Santa, hemos vendido y comprado lotería, apoyado los actos, limpiado la ermita, arreglado las vestas. Ya es hora de que nosotras también participemos de otra manera en la Fiesta. Es una fiesta, la de todo Sagunto, que llevamos muy dentro, hemos nacido y crecido con ella y queremos formar parte de ella de una manera más justa, como un miembro más. No queremos generar polémica sino construir una sociedad más justa e igualitaria también en Semana Santa. Somos el 50% de la ciudadanía, no podemos quedarnos fuera. Queremos poder elegir formar parte de ella, con los mismos derechos y también con las mismas obligaciones. Por las generaciones venideras, nuestras hijas, nuestras nietas, pero también por nuestras predecesoras que nos han transmitido el amor por la Semana Santa de Sagunto, por nuestras madres, abuelas. Por todas las que hemos construido esta Cofradía, a los hombres de Sagunto, los que votaron sí ese 3 de abril, y aquellos que aun no siendo cofrades apuestan firmemente por una sociedad igualitaria en la que el género no condicione la pertenencia, el arraigo o el sentimiento hacia una ciudad, una tradición o una fiesta. Tender la mano para construir una Cofradía más igualitaria y justa porque juntos somos más fuertes y mejores, y la Cofradía forma parte de la sociedad saguntina, que debe avanzar con los tiempos y no quedarse anclada en el pasado. Tenemos el poder de transformar la realidad con amor, respeto e igualdad», así decía el manifiesto leído en 2023 en las escaleras de la Ermita de la Sangre, donde se congregaron más de 100 personas.

A continuación, adjuntamos varios testimonios de estas personas.

Isabel Torres del Campo. Hola a todos, en primer lugar me gustaría presentarme: soy Isabel Torres del Campo, actualmente tengo 33 años, pero mi inquietud por la fiesta viene de mucho antes, cuando solo era una niña y no podía entender que me negaran compartir con mi padre o mi hermano una fiesta que ellos tanto cariño tenían, especialmente mi padre, que cada año espera con ansia su querida Semana Santa. Yo, una niña inocente, no podía entender que, por ser mujer, se me vetara poder ser cofrade, ya que mi sentimiento venía movido por la tradición que también a mí me enseñó a vivir mi padre desde pequeña, pero que con esa misma palabra el resto de la sociedad me vetara a poder disfrutarla como todos los niños de mi edad y solo pudiera verla desde la otra parte de la fiesta, donde la mujer está en segundo plano y solo podía ir a limpiar la ermita e ir detrás de sus hijos y maridos pendiente de que no les faltaran caramelos. Yo, en ese momento, vivía la fiesta y cada año entendía menos la situación, y ahí fue cuando expuse en mi casa que YO TAMBIÉN QUERÍA SER CAPUCHINA. ¿Y cuál fue la sorpresa? Que en mi casa a todos les pareció bien, nadie me dijo «no, tú no puedes por ser una niña», esa contestación que tantas veces había escuchado. Al contrario, la reacción de mi padre fue: «si tú quieres serlo, yo lucharé por tus derechos. No será un camino fácil y quizá mucha gente deje de hablarnos o tengamos que escuchar críticas de otros niños, pero la verdad es que a mí no me importaba», porque por mucho que durante todos estos años me habían dicho que las mujeres no podíamos salir porque esta fiesta es tradición, mi cabeza y mi corazón siempre pensaron que esa misma tradición también me la enseñó a mí mi padre y no tengo ningún complemento de menos que nadie para no luchar por mis derechos.

En ese momento, en 1999, cuando todavía ninguna mujer había alzado la voz pidiendo formar parte de la cofradía compuesta solo por hombres, mi padre, un hombre muy valiente, estaba dispuesto a luchar por su hija. Y qué no hace un padre por una hija, ¿verdad? En ese mismo momento empieza nuestro camino de intentar un cambio que sabíamos que no sería bien visto por la mayoría de vecinos.

Les presentaré a mi padre, ya que para mí es mi mayor ejemplo a seguir en un tema tan importante como el que estoy exponiendo. Sin él a mi lado y su apoyo incondicional por mis derechos y mis inquietudes, quizá habría tenido que dejar este tema de lado hace muchos años.

Virginio Torres Martínez (padre de Isabel). Yo soy Virginio Torres Martínez, padre de Isabel. En el momento en que mi hija me expone su inquietud por pertenecer a la fiesta a la que yo tengo cariño desde que era adolescente, no me parece ninguna propuesta descabellada; solo sabía que no sería fácil. Es entonces cuando me dispongo a mover la petición y en la junta general lo expongo, pidiendo la admisión de mi hija en la cofradía. Se denegó porque los estatutos marcan que no puede ser por ser mujer. En la siguiente junta, cuando se repasan las actas de la junta anterior, mi sorpresa es que no consta mi solicitud de la entrada de las mujeres a la cofradía. Pasado esto, vuelvo a pedir en esa misma junta de nuevo la petición de la admisión de las mujeres a la cofradía. La contestación por parte de la junta fue que no era un tema lo suficientemente importante como para que constara en acta. En ese momento, vuelvo a solicitar la inclusión de mi hija en la cofradía y que conste en acta. En caso de que nuevamente no constara en acta, pediría una junta extraordinaria, como así ocurrió. Al ser nuevamente ignorada mi petición, pido la junta extraordinaria, cosa por la cual fui muy criticado en el pueblo y en la cofradía, porque sería un gasto de dinero innecesario hacer esa junta extraordinaria, que se podía haber evitado si hubieran constado en acta las dos peticiones anteriores, que fueron ignoradas.

Para proceder a la junta extraordinaria eran necesarias 12 firmas de cofrades. Una vez reunidas, presento a la junta la carta de solicitud de la junta extraordinaria. Se hizo la junta extraordinaria y el «no» fue rotundo. Pero fue la manera de hacer camino hacia la igualdad en la cofradía de la Puríssima Sang de Jesucrist. En mi cabeza nunca sonó descabellada la propuesta que estábamos exponiendo, ya que solo se estaba pidiendo la igualdad entre hombres y mujeres, y mi hija tenía el mismo derecho que mi hijo a poder disfrutarla tanto como los hombres y niños de nuestro pueblo. También escribí una carta a la Casa Real y al Vaticano exponiendo el problema que estábamos viviendo en Sagunto con la discriminación de las mujeres en la Semana Santa saguntina, pero hace 25 años nadie se atrevía con un tema tan delicado, dejando en manos de la cofradía la decisión. Pero mi reflexión hoy es... ¿no hemos avanzado nada? ¿Seguimos pensando igual que hace 25 años? Me gustaría pensar que no, y que este tema, que cada vez es menos tabú, nos hace reflexionar hacia una nueva manera de ver la fiesta con la inclusión de las mujeres.

Este es mi padre, una persona valiente, ¿no les parece? Capaz de mover un pueblo entero sabiendo que era una guerra perdida, pero movido por el amor a su hija. Ojalá todos los padres cofrades de niñas pensaran como él; quizá hoy este tema sería algo «normal» en nuestra sociedad. Así que, ¿cómo no voy a estar orgullosa de mi padre?

Cristina Rodríguez Díaz. Hablando de inclusión... ¿Semana Santa Saguntina Inclusiva? Relatar mi experiencia quizá les haga reflexionar o quizá no, pero como madre de una niña de cuatro años y un niño de un año no podía quedarme en silencio. Habiendo vivido en el Port toda mi infancia, no conocí la Semana Santa Saguntina hasta mi adolescencia, cuando mis compañeros de instituto y amigos chicos hablaban de «LA FIESTA», la fiesta en mayúsculas, y me hicieron entender esa devoción que los cofrades sentían al portar la «Vera Cruz», ¡pero era solo para hombres! Yo, entonces joven, idealista e ingenua, pensaba que qué discriminación que las chicas no pudieran participar, que sería cuestión de tiempo, las cosas están cambiando, me decía a mí misma. Subí a Sagunto y sentí esa fiesta, el encuentro hizo que las lágrimas brotaran de emoción, la procesión del silencio me conmovió, y la procesión de Viernes Santo con sus caramelos, impresionante. Y no lo voy a negar, me enamoró.

El destino quiso que unos años después conociera al que hoy es mi marido y padre de mis hijos, Marina y Vicent. Él había hecho «La Fiesta» el año anterior, así que yo no tuve la suerte de vivirla con él, pero desde ese momento participé de la SSS en todas las facetas que como mujer me están permitidas. Soy yo quien cada año prepara la vesta, quien cambia y limpia los puños, cosiéndolos a mano cada día, quien le ayuda a vestirse, quien lo prepara todo... y me gusta, claro que sí. Compartir un sentimiento, una pasión, es precioso. Durante años, como pareja, imaginábamos cómo sería si tuviéramos un hijo, entre nuestras frases «será mayoral», «si tenemos una hija y es fallera mayor, él tiene que ser clavario», «¿clavario? ¿por qué no?», «ya podemos empezar a ahorrar»... y así cada Semana Santa.

El destino quiso que la primera en llegar fuera Marina (2019); no había medallita para ella, todavía no habían cambiado las cosas, las chicas no podían ser cofrades. Y llegó su primera Semana Santa (2022), tenía solo dos años y medio y vio cómo su padre y su primo hermano se vestían, y participamos de todos los rituales. Y ella nos dijo «quiero ser capuchina», en ese momento se me rompió el corazón. No podía mentir a mi hija, la realidad se imponía: «tú no puedes ser capuchina, amor mío». «¿Por qué, mami?» «Porque eres una chica.» «Pero las chicas y los chicos somos iguales. Yo quiero ser capuchina.» Y ante esa afirmación tan clara, ¿qué argumentos podíamos dar? Fue la primera vez que se sintió discriminada por ser mujer, verla llorar me rompió el corazón. Pero mentir no era una opción.

Poco después llegó la famosa votación; yo estaba embarazada de Vicent, y recuerdo el día con mucha tristeza, fue un día en que lloré mucho, y todavía hoy, escribiendo este relato, las lágrimas recorren mis mejillas. Ese día tomé una decisión, acertada o no, pero la que como madre puedo ejercer. Y llegó la siguiente Semana Santa (2023) y la pregunta era recurrente: «¿le vas a poner la medallita?», «¿ya tienes la vesta del chico preparada?»... Mis respuestas: no, Vicent no tendrá medallita. La tendrán los dos juntos o no la tendrán, al menos mientras esté en mi mano. Si su hermana no puede, él tampoco. No seré yo quien discrimine a mi hija por ser mujer. Sé que esta decisión no la comparte mucha gente que piensa que la fiesta está por encima de todo, sé que el amor a la fiesta hace que mucha gente siga poniendo la medallita al chico sin pensar en la chica. Pero las lágrimas de mi hija me hicieron abrir los ojos, mi hija está por encima de todo. Sinceramente, si Vicent hubiera nacido antes que Marina, es muy probable que yo no hubiera llegado a este punto, le habría puesto la medallita a él ilusionada. No sé qué habría pasado después.

Pero yo, como madre, no puedo hacer nada más que esto para intentar que la gente comprenda que la SSS debe evolucionar, que las mujeres deben ser partícipes al 100%, que la igualdad no está reñida con el respeto. ¿Qué pretendo con esta decisión? Al menos que la gente reflexione; si todas las madres protegiéramos a nuestros hijos con decisiones de este tipo, quizá se darían cuenta del sinsentido de la exclusión.

Y ahora viene la segunda parte: siendo falleros como somos, las últimas semanas he reflexionado sobre otro asunto, ahora fallero, que también es poco inclusivo. Mi hija ya dice «quiero ser Fallera Mayor, y de la comarca», como decimos popularmente. Y es tan obvio, todas sueñan con eso de pequeñas, ¿o no? Siempre he dicho que será lo que ella quiera, pero, «vaya, estoy siendo poco coherente, el niño no podrá ser representante de la FJFS nunca, o al menos de niño» (escribo esto en noviembre de 2023, con el Congreso Fallero en marcha). Y otra losa que me cae encima. En la falla son iguales, los dos pueden ser falleros, los dos pueden ser representantes, pero ¿y después? ¿Dejaré a mi hijo de lado para que ella pueda ser FMI de FJFS, cuando a él le hemos negado ser cofrade de la SSS? Reflexionemos, nos queda mucho camino por recorrer y debemos hacerlo juntos, mujeres y hombres, de la mano, en igualdad, sin discriminaciones, por el futuro de nuestros hijos e hijas. Si han llegado hasta aquí les diré que no podemos ser espectadores y espectadoras, los cambios están en nuestras manos, la inclusión es posible en todos los ámbitos, ¡actuemos!

A modo de conclusión, y continuando con el manifiesto: «la cofradía, como la sociedad, avanza y se adapta a los tiempos. No se puede aferrar a la tradición como excusa para vetarnos la entrada. La Semana Santa Saguntina dio pequeños pasitos a finales del siglo pasado; recordemos la participación de algunas mujeres realizando el pregón de entrada en la Semana Santa, personas como Ángeles Ribelles, Evangelina Rodríguez, Paloma Sánchez o, más recientemente, las periodistas Palmira Benajas y Mª José Gimeno. Pero eso no es suficiente, ni queremos ni podemos aceptar algo que no sea la igualdad plena. Así pues, continuaremos año tras año, concentrándonos todos los Martes Santos en la puerta de la ermita hasta que entre una mujer en la cofradía con plenos derechos y obligaciones. Y hacemos esta reivindicación tendiendo la mano para construir una Cofradía más igualitaria y justa, porque juntos somos más fuertes y mejores, y la Cofradía forma parte de la sociedad saguntina, que debe avanzar con los tiempos y no quedarse anclada en el pasado. Tenemos el poder de transformar la realidad con amor, respeto e igualdad. Por una Semana Santa inclusiva que nos represente a todos y todas».

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