Mucho por hacer

Aunque estos son algunos ejemplos que demuestran los avances del colectivo fallero en materia de igualdad y diversidad, el camino es largo y aún queda mucho por recorrer. Para ello es fundamental que se escenifiquen estas muestras de progreso para ir avanzando, para ir abriendo puertas y cerrando aquellas tras las que se sustenta una fiesta arcaica, de roles asentados en una lógica binaria en cuanto a géneros se refiere, que requiere con urgencia una modernización también en lo que respecta a la diversidad racial, corporal o funcional, porque si hay algo que tengo claro es que la adaptación a los cambios sociales y el respeto y la tolerancia hacia ellos es la única manera de supervivencia.
En la Comunitat Valenciana, desde 2017 existe el reconocimiento del derecho a la identidad y la expresión de género, antesala de la Ley Trans estatal aprobada en el Congreso. Sin embargo, las fallas, de momento, no llegan a representar y, sobre todo, a dar espacio a todas las identidades. Aunque hemos asistido al nombramiento de la primera fallera mayor trans, por otro lado, hemos conocido casos en los que a una mujer se le ha negado vestirse de saragüells para acompañar a su novia en la ofrenda. También ninots y escenas de monumentos falleros en defensa del colectivo LGTBIQ+ que han sido vandalizados, ejemplos ambos que indican la urgente necesidad de seguir trabajando y actuando para el cambio total de paradigma, que no es otro que cumplir con la ley y aceptar la realidad social.
El modelo institucional fallero establecido es demasiado convencional, arcaico e incluso hermético. Hay que ver gente racializada, con diferentes cuerpos, con diferentes orientaciones sexuales en el mundo de las fallas, ocupando cargos de responsabilidad y de representatividad. El modelo no debe seguir siendo «una persona blanca cisgénero», en el caso de las falleras mayores, por ejemplo.
Ya es momento de que empecemos a reflexionar sobre los modos de representación en esta fiesta; la representación la ocupan personas o la deben ocupar personas, más allá del sexo, género, color, raza o religión. Raúl Puerta, uno de los primeros falleros mayores, lo decía bien claro y alto en declaraciones a la prensa cuando salió elegido: «Defender que solo una mujer pueda ocupar este tipo de cargos supone mantener y perpetuar estereotipos que históricamente han hecho mucho daño a las mujeres. Esto no va de dar derechos a los hombres en ningún caso. Esto va de romper roles de género». Puerta añadía que el camino hacia la igualdad pasa por que haya más mujeres en la presidencia de las fallas: «Eso significaría que ocupan espacios donde se toman decisiones, donde se dirige, donde se manda. Por supuesto, mantener que las falleras mayores deban ser mujeres implica todo lo contrario: es relegar a la mujer a un papel puramente estético y secundario».
Otro tema preocupante es el racial. Pocas falleras mayores negras, caucásicas o árabes hemos visto. Ya hubo un caso en Valencia que acabó en la Fiscalía, el de Mayu Ruiz, de ascendencia ecuatoriana, una de las candidatas a fallera mayor de Valencia que fue víctima de ataques racistas en las redes sociales.
Mucho se ha avanzado, pero mucho queda por hacer, y la solución pasa por aceptar la realidad social tal como es, por hacer mucha pedagogía en los foros falleros de importancia, en discursos e intervenciones, pero, sobre todo, porque esos derechos, esa igualdad de oportunidades de todos, todas y todes a pertenecer a un colectivo y poder representarlo o gestionarlo, con independencia de sexo, raza o religión, quede reflejada en un marco normativo que no deje lugar a dudas. Es buen momento para el debate, para abordar el tema en los congresos falleros, de los que debería surgir un marco normativo que rija las reglas del juego y no deje en manos de cualquiera la decisión de ser o no presidenta, fallero o fallera mayor u otro cargo de responsabilidad o representatividad. Eso también sería otro paso de gigante.