La importancia de unas fallas sostenibles

Las fallas han dejado de ser como se plantearon hace unos siglos, cuando unos pelele coronaban unos cadalsos pequeños hechos en muchos casos de ropas y trastos viejos que tenían los vecinos del barrio. Las fallas hemos evolucionado haciendo que cada vez estos cadalsos sean más grandes (ya que todavía mucha gente piensa que cuanto más volumen mejor) y hechos con materiales que no son muy amigables con el medio que nos rodea (solo hay que ver el cielo de nuestra ciudad el día de la cremà).
A la vez que han ido creciendo los cadalsos se han multiplicado los actos, y año tras año atraemos a más turistas y visitantes, lo que junto con el vistoso carácter de la fiesta josefina y la expresión artística de nuestras fallas hizo que hace unos años la UNESCO nos declarara Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero debemos pararnos a pensar, no en lo que las fallas son hoy, sino en lo que serán en el futuro, y además no solo debemos pensar en nosotros, los falleros, sino en el resto de lo que nos rodea, y preguntarnos si nuestras fallas, de las que estamos locamente enamorados, son sostenibles.
¿Pero qué es la sostenibilidad? Si queremos entender qué es la sostenibilidad en el mundo de las fallas, o unas fallas sostenibles, primero debemos entender el significado de la palabra sostenibilidad, y con ella la de desarrollo sostenible. De este modo, la sostenibilidad se refiere, por definición, a la satisfacción de las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas, garantizando el equilibrio entre crecimiento económico, cuidado del medio ambiente y bienestar social. De ahí nace la idea del desarrollo sostenible, como esa manera de progreso que mantiene este delicado equilibrio hoy sin poner en peligro los recursos del mañana. ¡Porque nunca debemos olvidarnos del futuro!
Dentro de la vida cotidiana, a consecuencia de la acción del ser humano, se generan problemas medioambientales que ponen en peligro tanto la salud del planeta como la nuestra, y ese impacto que generamos, a veces sin darnos cuenta, no puede hacernos olvidar el gran reto para toda la humanidad que supone la lucha frente al cambio climático. Por eso hoy en día organismos como la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial se han posicionado siguiendo la senda marcada por la Agenda 2030 en la búsqueda de un mundo más sostenible, que ha establecido una serie de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para proteger y garantizar el futuro de nuestro planeta. Si hacemos referencia a los ODS que deberíamos cumplir dentro del mundo fallero, deberíamos plantearnos el número 13, Acción climática, ya que muchas partes de nuestra fiesta, aunque mucha gente no quiera reconocerlo, contaminan, tanto acústica como ambientalmente, y esto es lo que vamos a desgranar en este artículo.
¿Por qué decimos que las fallas no son sostenibles? Si hablamos de unas fallas sostenibles, lo primero que le viene a la cabeza a cualquiera son los materiales de los que está compuesta la falla, esos que hemos mencionado que no son amigables con el medio que nos rodea. Pero no solo depende de ese factor que las fallas sean sostenibles o no: hay una serie de factores que deberían mejorarse dentro de nuestra fiesta para lograr la preciada sostenibilidad, y no todos dependen de los falleros, sino de todos los grupos de interés ligados a nuestra población durante estos días festivos: falleros, comerciantes, vecinos, turistas, artistas falleros y quienes gobiernan nuestra ciudad o pueblo. Estos factores podrían agruparse así:
El ruido. El bullicio de las calles por la aglomeración de gente durante los días de fallas, junto a los millones de petardos que se lanzan, las charangas que amenizan las cabalgatas y las orquestas y discomóviles que actúan en las verbenas, aumentan la contaminación acústica. A esta contaminación acústica continuada hay que sumar la puntual que generan las mascletaes o los castillos de fuegos artificiales. Está claro que nuestra fiesta va ligada a la pólvora y a la música y que sin ellas no se puede concebir, pero es cierto que desde hace un tiempo la reducción del horario nocturno tanto para las actuaciones musicales como para lanzar petardos hace que el ruido sea más compatible con el descanso vecinal, y que la convivencia de los cuatro días de fallas entre falleros y vecinos sea más fácil.
La contaminación lumínica. Cada rincón de nuestra ciudad donde se planta una falla está iluminado con potentes focos para que vecinos, turistas y visitantes puedan disfrutarla durante la jornada nocturna. Este exceso de luz de los focos, junto a las fallas que iluminan su barrio con miles de bombillas, supone un gasto energético excesivo extra. Poco a poco ese gasto se va mejorando, aunque es imposible erradicarlo por completo: nuestras comisiones están invirtiendo cada vez más en bombillas y focos LED frente a los convencionales, un cambio que puede suponer una reducción del consumo eléctrico de hasta el 50%. Además, habría que plantearse estrategias como acortar los horarios en que las luces están encendidas -por ejemplo apagándolas quando terminan las verbenas- o reducir la potencia o la cantidad de focos y bombillas encendidas a esas horas, así como plantear el uso de energías renovables, paneles solares fotovoltaicos o similares, para producir una energía más limpia.
Los residuos. En los días de fallas aumenta el volumen de visitantes, lo que incrementa también el volumen de residuos sólidos urbanos en nuestras poblaciones (se calcula que solo en la ciudad de Valencia se generan 10.000 toneladas de residuos). No solo se trata del gran volumen generado, sino también de la difícil gestión que se produce durante estos días, con calles cortadas, carpas en medio de las calles donde antes se ubicaban los contenedores, cambios de localización y dificultades para el paso del camión de la basura. Según diferentes estudios, en los días importantes de la fiesta josefina disminuye la separación de residuos, sobre todo de plástico y vidrio, porque en muchas ocasiones la gente no tiene un contenedor cerca para tirar el vaso o la botella al terminar, y muchas veces acaban en el suelo, en un incivismo colectivo que tanto falleros como visitantes debemos mejorar. Una forma de mejorar este factor sería que las comisiones falleras colocaran contenedores de reciclaje en casales, carpas y la zona del recinto donde se celebran las verbenas.
La contaminación ambiental. Es el factor principal que genera debate cuando hablamos de la sostenibilidad de nuestra fiesta. Como ya hemos dicho, los trapos y muebles viejos de las fallas originales fueron dando paso a distintos materiales para lograr una grandiosidad que antes no era posible. Fue en la década de los setenta cuando el artista José Martínez Mollá introdujo la fibra de vidrio o el poliéster en la confección de figuras; su ninot indultado para la plaza del Pilar de 1977 fue el primero en obtener este reconocimiento usando este material, que permitía trabajar grandes volúmenes con poco peso, aunque el tiempo ha demostrado que provocó enfermedades pulmonares graves por la inhalación de algunos productos. Pero el gran cambio llegó de la mano de Santaeulalia, que en 1984 utilizó por primera vez el poliestireno expandido o corcho blanco para modelar parte del grupo presentado en la Exposición del Ninot para la falla Ferroviaria; este material sería empleado cuatro años después por Vicente Almela, hasta llegar a la primera falla de sección especial hecha enteramente de corcho blanco, de Santaeulalia, para la comisión de Na Jordana, con el lema «El veneno del teatro», de 1994. El corcho blanco facilita crear grandes volúmenes, pero afea la cremà y resulta más caro que el cartón; hoy en día tiene tanto detractores como defensores respecto a su nivel de contaminación en comparación con la madera y el cartón de épocas anteriores. Hay que reconocer que el poliestireno contamina, sí, pero los defensores del cartón recuerdan que el cartón con el que se hacían las fallas hace décadas contaminaba todavía más, ya que se fabricaba con trapos reciclados y otros materiales de desecho, a veces incluso con contenidos de plomo.
¿Qué es el poliestireno expandido (EPS) y por qué se usa tanto en el mundo fallero? Es un plástico derivado del petróleo, el monómero de estireno, mezclado con un agente expansor llamado pentano; esta mezcla, en contacto con vapor de agua, se expande en bolitas ligeras que después se modelan pegándose unas a otras. Se compone en un 95% de aire. Tiene varias ventajas que han ayudado a que sustituya al cartón piedra: posee la resistencia y flexibilidad adecuadas para el corte y modelado de los bloques, con un recubrimiento adecuado resiste bien el agua, no se pudre con la facilidad del cartón y no constituye sustrato para microorganismos. Además, modelar una figura con corcho blanco lleva un tercio del tiempo que el método tradicional.
¿Y qué inconvenientes tiene? El principal es que contamina bastante al quemarse, porque no se alcanza la temperatura necesaria para su combustión completa (unos 1.000ºC, que generaría solo dióxido de carbono y agua, ambos incoloros). Al no alcanzarse esa temperatura, parte del carbono no reacciona del todo y queda como hollín -el sólido negro que vemos subir al cielo la noche de la cremà-, y esa combustión incompleta genera además una compleja mezcla de hidrocarburos policíclicos aromáticos. Esta forma de arder ha generado bastante polémica sobre la salubridad del material, aunque no está del todo claro que las fallas actuales contaminen más que las viejas fallas de cartón piedra: es cierto que la combustión del poliestireno libera muchas partículas y estireno, un riesgo importante para la salud, pero también hay que admitir que la combustión del cartón y la madera produce más monóxido de carbono, uno de los principales contaminantes atmosféricos, según demuestra un estudio de EUMEPS (European Manufacturers of EPS) que compara la toxicidad de los humos del EPS y de la madera de pino. En la misma línea, el documentalista fallero Manuel Sanchis Ambrós, en una mesa de debate organizada por la falla Lepanto-Guillem de Castro bajo el lema «Recuperemos la cremà», insistió en la contaminación que produce quemar cartón, pinturas, barnices y madera, y afirmó: «el corcho blanco lo único que tiene es una combustión muy calórica; sin embargo, el resto de los componentes habituales que se emplean en una falla, como el cartón, la madera y las pinturas, son mucho más contaminantes».
Haya o no controversia, lo cierto es que los monumentos falleros siguen evolucionando y debemos adaptarnos al cambio climático, planteándonos que nuestras fallas sean más amigables con el medio ambiente. Por eso se están investigando otros polímeros creados a partir de la piel de naranja en Estados Unidos, o derivados del maíz o de la paja de arroz, que se investiga en la Politécnica de Valencia, todos ellos biodegradables y ya en pruebas piloto. Con la paja de arroz se matan dos pájaros de un tiro, porque su quema en el campo también es contaminante si no se trata el material, y este proyecto, impulsado por los profesores Rubén Tortosa y Miguel Sánchez de la UPV, fomenta la economía circular, elimina residuos y da valor a un producto que ya lo tiene. Según la ingeniera Ana Blasco, no hay problema en quemar este material, ya que la paja, tratada, triturada, seca y mezclada con aglutinantes, genera un humo de color blanco y no emite CO2. También se ha empleado en algunas fallas corcho vegetal hecho a partir de restos de poda y limpieza de jardines -aunque su coste duplica el del corcho convencional-, como hizo la falla Peu de la Creu en su falla infantil de 2022 de la mano del artista Mario Pérez: es el doble de caro, pero al estar hecho de material vegetal reciclado reduce sensiblemente la huella de carbono y evita ese humo negro tan característico del poliestireno derivado del petróleo. Lo que habría que hacer hoy en día es intentar reducir el coste de estas alternativas para que puedan usarse con más frecuencia.
¿Pero la contaminación ambiental se produce solo con la cremà? La respuesta es clara: NO. Varios estudios demuestran que no solo contaminan los materiales quemados la noche de San José, sino también los productos químicos de los petardos, las mascletaes y los castillos de fuegos artificiales. Según un estudio de Ecologistas en Acción, el dióxido de nitrógeno alcanza en los días de fallas valores que duplican la media anual de las estaciones de medición, y los días 18, 19 y 20 se producen los valores máximos de partículas PM10 y PM2,5. Otro estudio de la Asociación Mesura refleja que los valores de partículas PM2,5 durante la semana grande en la ciudad de Valencia duplican los habituales, algo que los investigadores atribuyen a los petardos lanzados en la calle y al aumento de la movilidad por el turismo: la semana previa a las fallas (del 7 al 13 de marzo) tiene un valor medio de PM2,5 de 14,6; la semana grande (del 14 al 20) sube hasta 19,4; y la semana posterior (del 21 al 27) baja a 14. El ingeniero químico y miembro de esta asociación, J. Manuel Felisi, destaca que «los petardos que se lanzan en la calle tienen un peso mayor del que pensábamos» y que, aunque las mascletaes y los castillos de fuegos artificiales «tienen su importancia», es muy relevante «la suma de multitud de focos por todos los barrios de la ciudad» de manera constante; el mayor pico se produce el último día de las fiestas, el 19 de marzo, porque la gente agota ese día todas las reservas de petardos que ya no podrá lanzar después por normativa. Desde esta asociación se propone «revisar la calidad y la cantidad de los petardos que se queman», por ejemplo con un carné y un límite de compra. Otro estudio, «Episodios de contaminación atmosférica recreativa», señala que las columnas de humo de los fuegos artificiales presentan un contenido elevado de metales usados como propelentes, oxidantes y estabilizantes -compuestos de potasio, bario, estroncio, entre otros- y, según la investigadora del CSIC Teresa Moreno, deja claro que «los fuegos artificiales dan origen a picos de contaminación por partículas en suspensión, óxido nitroso, dióxido de azufre y micropartículas». El propio sector pirotécnico, a través de Aepiro, reconoce estas preocupaciones y explica que la pirotecnia tiene un 90% de componentes inertes (sobre todo papel y cartón, incluyendo residuos reciclados de otras industrias como la cáscara de arroz) y un 10% de componentes activos, y que ya se han sustituido materiales como los cloruros de mercurio y arsénico. Dentro del sector hay una corriente que apuesta por sustituir los compuestos contaminantes de las explosiones y los colores por otros inocuos, como demostró la «mascletà sostenible» disparada el 29 de febrero de 2020 en la Marina de Valencia por el taller de Ricardo Caballer, que redujo un 70% los residuos utilizando el propio material pirotécnico como soporte.
¿Pero es todo negativo desde el punto de vista medioambiental? No, claro que no. Según la conclusión de un estudio de la Universitat Politècnica de València de 2021, en el que colaboró la falla Convent Jerusalem, el corte de calles durante la semana fallera beneficia al medio ambiente. El estudio, del grupo TIC contra el Cambio Climático de la UPV y la empresa Geminis Tools, compara el ahorro de CO2 de evitar el paso de vehículos por los cortes de calle frente a la contaminación de CO2 de la cremà, y estima que las fallas de Valencia emiten más de 4.400 toneladas de CO2 al año (la mayoría la noche de la cremà), pero que los cortes de tráfico evitan la emisión de 5.840 toneladas. Es decir, según este estudio, se deja de contaminar más de lo que contaminan las fallas.
¿Y hacia dónde queremos ir? ¿Qué futuro queremos? Está bastante claro que debemos avanzar hacia unas fallas más sostenibles, sobre todo mejorando los cuatro factores mencionados, porque si no lo hacemos estaremos condenando a las generaciones futuras, ya que el cuidado del medio ambiente se ha convertido en una prioridad para nuestra sociedad. Debemos trabajar codo con codo todos los agentes implicados en la fiesta fallera -falleros, vecinos, pirotecnias, artistas falleros, gobernantes, etc.- para sacar adelante una serie de mejoras obligatorias que reduzcan lo que hoy contaminamos y hagan posibles unas fallas más amigables con el planeta. Debemos estar todos dispuestos a mentalizarnos de que no hacen falta fallas gigantes, que el tamaño no es lo que importa, y encaminarnos hacia productos más verdes y sostenibles, incentivando su uso por parte de las administraciones públicas, porque solo así tendremos un futuro asegurado. Porque si algo debemos tener claro es que: «proteger el medio ambiente no es un lujo que podamos elegir disfrutar, sino una cuestión de supervivencia».