La escultura: más allá de las llamas

«No creo que haya habido otra obra más modificada tras la muerte del artista que la de Giacometti. […] La proposición última en la que Giacometti basó toda su obra de madurez consistía en la imposibilidad de llegar a compartir la realidad con alguien —y a él lo único que le interesaba era la contemplación de la realidad—. Por eso creía que era imposible ver una obra acabada. […] Si hubiera nacido en un periodo anterior, Giacometti habría sido un artista religioso. Pero, nacido en una época de alienación profunda y general, no quiso utilizar la religión como una escapatoria hacia el pasado. Fue obstinadamente fiel a su tiempo; un tiempo que debió de ser para él como su propia piel; el saco en el que nació. Y en ese saco, sencillamente, no podía obviar, sin dejar de ser honesto, su convicción de que siempre estuvo a solas y siempre lo estaría».
John Berger, Mirar.
La alusión a Giacometti es para mí esencial como referente del arte; en él se centra el peso histórico de un ser humano angustiado por su propia vida (como podría ser la nuestra) que —a través de la escultura fundamentalmente— trata de asirla para abastecerla, y a la vez es la imposibilidad de contemplación por parte del creador. Dice el observador de Berger que ese acto de mirar era para él como una forma de oración que se fue convirtiendo en un modo de aproximación a un absoluto que nunca alcanzó y que le hacía darse cuenta de que se encontraba suspendido entre la existencia y la verdad.
En el camino de escrutar tal planteamiento, la materia posibilitaba irlo haciendo tangible, ya que para Giacometti, como también para otros escultores, la escultura es transitar a tientas el camino inefable del arte.
Desde los clásicos se ha entendido la escultura como el arte que ocupa el espacio. Es fundamentalmente vacío y plenitud, luz y sombra. El ser humano la ha llevado por toda la creación: calles, plazas, parques, templos, palacios, teatros, aeropuertos... y lo ha hecho en los muros, sobre pedestales, coronando edificios, colgada de algún lugar o directamente colocada en el suelo. Unas veces ha estado supeditada a la construcción existente y otras es ella la que ordena el espacio y lo significa. Como todo arte, ha oscilado con el tiempo entre lo religioso, lo poético o lo simbólico, y en busca de ese ideal entre ambas esencias, que como señala Andreu Alfaro:
«Todo dependerá del momento en que se plantee la polémica. Uno de ellos parece que hace el papel de culto y convencional; el otro, el de bárbaro y revolucionario. De lo que no hay duda es de que ambos contribuirán decisivamente al desarrollo de la historia del arte, y llegarán a alcanzar cotas muy altas de calidad, siempre que los artistas que los representan tengan imaginación y la inteligencia que les permita hacer grandes obras. Y ambos serán o no serán revolucionarios, según el momento histórico».
Estos rasgos primordiales del arte y la escultura son acariciados de vez en cuando por las fallas, desgraciadamente por esa compilación meramente festiva, propagandística y de repostería en la que se han convertido. De cuerpo ausente de alma. Sin embargo, hay intentos de abastecer ideales artísticos que son posibles en nuestra tierna y cuestionada patria, porque hay realidades individuales que lo pretenden —y así lo trato de hacer también—, con algunas obras ya quemadas que nos siguen aportando su calidez, así como iluminando, igual que esas estrellas que, aunque podemos ver su luz, tal vez ya no existan, como si los años luz no frenaran ese resplandor, esa luz ilimitada.
Cuando las fallas dejan de ser solo una expresión espontánea popular para convertirse en una obra artística buscadora de mayores ideales, lo es excepcionalmente gracias a esa imaginación e inteligencia de escultores valencianos como Octavi Vicent o Alfred Ruiz. En el estudio de miradas y reflexiones artísticas, filosóficas, sociales y religiosas que hace Joan Fuster en el Descrèdit de la realitat, se nos interpela:
«¿Y el arte, cuando se ve a través de la historia, no se convierte ya en sustancia arqueológica? Se convierte, enseguida, en un repertorio estricto de problemas académicos: origen, geografía, técnicas, evolución, sociología. También solemos pensar el arte de nuestro tiempo encuadrado en estos esquemas intelectuales: de todos modos, para nosotros, es mucho más que eso».
Y es que nosotros nos movemos en otros parámetros, fruto de la contemporaneidad, por eso ahora la tarea a hacer ha de ser de los que estamos aquí y queremos continuar, falleros y artistas, los que hacemos fallas. Para Giacometti, dejar de ser resignificó toda la obra, y es el tránsito el único juez legítimo para ese juicio final de existencia y verdad. Para los escultores del fuego lo es de manera doble: por un lado, esa mencionada, y por otro, la de nuestro fuego, loco y festivo, a pesar de que el de la cremà sea triste desmemoria y, a la vez, ceniza de posibilidades.
Ricard Balanzà
Escultor, artista fallero y profesor