Volver al blog 6 de marzo de 2024 · Por Gaby Collado (docente, poeta y fallero)

Diversión y diversidad se dan la mano en las Fallas

Diversión y diversidad se dan la mano en las Fallas

Las Fallas, fiesta anhelada por todos nosotros, los valencianos, son mucho más que una simple celebración; son una explosión de color, música, fuego y, sobre todo, diversión. Son el cóctel perfecto, ya que nuestras fiestas marceras convierten cada punto de nuestro territorio en un escenario vibrante y tumultuoso, donde la cultura, la tradición y la modernidad se mezclan en una fusión única e indescriptible si nunca la has vivido.

Los cadalsos, las fallas o monumentos (como algunas personas los llaman, pienso que erróneamente), son obras artísticas y efímeras, son el corazón y el epicentro de la fiesta, donde los artistas falleros trabajan intensamente y con gran pasión y entrega para crear una obra de arte que será admirada por los falleros de la comisión y por todos los vecinos y visitantes que se acercan a ella, y cuya finalidad es ser quemada como parte de nuestra tradición. Una tradición que, como en otras ocasiones ya hemos mencionado, tiene sus raíces en el siglo XVIII, y que poco a poco ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, incorporando elementos contemporáneos y mostrando la diversidad de la sociedad valenciana, una sociedad que recibe con los brazos abiertos a todas las personas que quieran ser partícipes de nuestra querida fiesta.

La diversidad es una de las características más destacadas de las fallas, y es que la diversidad cultural se expresa también en las temáticas abordadas en cada uno de nuestros cadalsos, donde las diferentes comisiones reflejan la riqueza cultural y social valenciana, con fallas que abordan temas como la igualdad de género, los derechos de las personas LGBT+, la inclusión, la sostenibilidad y otros temas que resuenan con la realidad actual. Así, las fallas se convierten en una plataforma para la reflexión y la concienciación, capturando la pluralidad de ideas y valores de nuestra sociedad. Las fallas no son solo una celebración de las tradiciones valencianas, sino también una oportunidad para abrazar y celebrar la diversidad cultural presente en la región. A través de los ninots, las actividades culturales, la gastronomía y las colaboraciones intercomunitarias, nuestra fiesta se convierte en un reflejo vivo de la riqueza multicultural que hace que nuestro territorio sea único, porque representa una festividad donde las diferentes culturas pueden convivir armoniosamente y enriquecerse mutuamente.

En el umbral de la primavera, a mediados de marzo, nuestra sociedad deja brotar sus sentimientos, su diversión, y desarrolla sus cinco sentidos. Principalmente desarrollaremos la vista, con colores efímeros que iluminan la noche, que iluminan el cielo, con estos juegos de luces pirotécnicos que crean una paleta de colores que convierten la ciudad de Valencia y el resto del territorio donde podemos disfrutar de las fallas en un mundo mágico. Además, nuestra vista se irá al colorido de nuestros cadalsos, a cada detalle de cada ninot, donde cada color tiene un propósito y una historia, y cómo no, a esas llamas ardientes que convierten la cremà en un espectáculo hipnótico que se graba en la memoria. Quizá porque no hay nada más atávico que usar el fuego para volatilizar lo que ya no tiene cabida ni en el presente ni en el futuro, y después, revertir sus cenizas en vida, color y progreso.

Los dos siguientes sentidos por orden de importancia pueden ser el oído y el olfato. La música, omnipresente en las Fallas, captura la esencia de la cultura valenciana. Las charangas, la dulzaina y el tabalet, y las bandas de música recorren las calles, acompañándonos en cada una de nuestras cabalgatas y llenando el ambiente con melodías festivas que cautivan tanto a falleros como a forasteros. Y cuando cae la noche en las verbenas, las orquestas en calles y plazas, además de las discomóviles, hacen que todo el mundo se contagie del ritmo de las celebraciones, eso sí, hasta donde el cuerpo aguante. Porque por la mañana, ya estamos pronto en pie y haremos sufrir de nuevo al oído, porque los masclets, que retumban en la despertà, con su intensidad y ritmo, sacuden el órgano interno del oído, generando una emocionante sinfonía de sonidos pirotécnicos que resuena por todas partes y que tendrá continuidad durante todo el día en cada esquina, teniendo su momento álgido a las dos del mediodía en la mascletà de la plaza del Ayuntamiento, que se llena hasta la bandera.

Hablar del olfato es hablar de nuestra fiesta, y es que las fallas están impregnadas de un aroma único que evoca la tradición, la pasión y el espíritu festivo: el olor a pólvora. Este perfume es un recordatorio constante de la riqueza cultural que caracteriza nuestra celebración, porque la pólvora, elemento clave de las fallas, se manifiesta en la mayor parte de los aspectos de la fiesta. En primer lugar, en los ya mencionados masclets, que desencadenan una explosión de fragancia que se dispersa por los alrededores, y que con solo percibir su olor ya anuncia que las celebraciones están en marcha. El característico olor de la pólvora no solo acompaña a los masclets, sino que también es parte integral de la cremà, el momento culminante de la fiesta marcera: mientras los cadalsos se envuelven en llamas, el aroma a pólvora se entrelaza con el humo, creando una atmósfera única que convierte este ritual en una experiencia sensorial completa. Además de ser un recordatorio de las Fallas mismas, el olor a pólvora es un vínculo con la rica historia de nuestra tierra, esta fragancia que evoca tiempos pasados y tradiciones arraigadas, conecta a las generaciones y recuerda a los valencianos y valencianas que están celebrando una parte importante de su cultura, de su idiosincrasia.

Si hacemos hincapié en el gusto, tenemos muchas delicias que nos deleitan el paladar durante nuestras fiestas: nuestras calles en fallas están llenas de delicias gastronómicas, desde churros hasta buñuelos, la gastronomía local impregna el ambiente con aromas irresistibles (aunque, claro, a mucha gente no le gusta este olor y dice que huele a «fritanga»), permitiendo a los visitantes degustar la riqueza culinaria valenciana mientras se pierden por las calles engalanadas. Además de poder disfrutar de nuestra gastronomía típica como la archiconocida paella, la fideuà y, si hace calor, una buena horchata.

Por último, podemos disfrutar del placer del tacto, texturas que invitan a explorar, cómo no, los trajes de fallera, que con su exquisita elaboración y delicadeza ofrecen una experiencia táctil única que captura la tradición, la elegancia y la historia de nuestras fiestas. Esta indumentaria, la nuestra, más que una simple vestimenta, es un testimonio tangible de la cultura valenciana que se transmite de generación en generación, de padres a hijos, y que forma parte de una forma de vivir peculiar y familiar. El primer contacto para los falleros neófitos y para los forasteros con los trajes de fallera es como un encuentro con la historia: nuestras telas se seleccionan con cuidado, a menudo sedas valencianas con diseños tradicionales que incorporan detalles como los «espolines» y los «raions» para reproducir telas de otra época. Al tocar los trajes se puede apreciar la finura de la tela, la calidad de los bordados y la precisión de los detalles que revelan el trabajo artesanal detrás de cada pieza, que en muchos casos la hace única. Otros complementos, como los «adreços» y las joyas, añaden una capa adicional de texturas y detalles que, junto a la brillante ornamentación, complementan la suavidad de las telas. A todo esto hay que sumar, cómo no, la manteleta, pieza central del traje de fallera, que es como una caricia al tacto, bordada con filigranas y dibujos florales.

Pero hablar de nuestra fiesta es hablar de armonía, y es que las fallas han sido históricamente un motor de integración, inclusión y cohesión social. Las comisiones falleras, eje vertebrador de la fiesta, son reconocidas por su hospitalidad y por recibir de forma amigable a los forasteros, que en muchas ocasiones son invitados a participar en las actividades y a conocer las tradiciones, estableciendo así un vínculo más profundo con la cultura local.

Además, hemos roto las barreras del sexo: ya desde hace unos años podíamos encontrar presidentas en nuestras comisiones, generando una igualdad de género que es lógica e ideal en los tiempos modernos que vivimos, pero que no podíamos decir que era plena hasta que hace un par de años se cumplió al cien por cien, cuando por primera vez se presentó un Fallero Mayor en las fallas de Catarroja, en la Plaza de la Región, y en la Falla la Marina del Port de Sagunt, al que le han seguido unas cuantas comisiones más desde entonces, cumpliéndose el año pasado un hito histórico al encontrar el primer Fallero Mayor en las fallas del cap i casal, representando a la Falla Borrull Socors.

Y es que las fallas se han convertido en más que una simple celebración, convirtiéndose en una plataforma para promover la igualdad, dejando atrás esos ninots casposos donde solo se veían los pechos de las mujeres y pasando a unos ninots más inclusivos, que transmiten mensajes de igualdad de género, destacando la importancia de la paridad y la diversidad en todos los ámbitos de la sociedad. Así como la participación activa de las mujeres en las comisiones, pues las fallas reflejan una voluntad de cambio y de romper con roles de género estereotipados, porque hemos pasado de unas comisiones falleras dominadas históricamente en su mayoría por hombres, sobre todo en su directiva, a tiempos recientes en los que ha habido un incremento significativo de la participación de las mujeres en estas comisiones, asumiendo roles importantes y contribuyendo de manera decisiva a la planificación y ejecución de las Fallas.

La diversidad y la inclusividad de la fiesta deben reforzar la imagen de una fiesta arraigada, y convertirnos, si no lo somos aún, en unas fallas plurales que superen los estereotipos, tanto de sexo, como culturales, como sociales. Es por eso que es relevante destacar la importancia de mantener las tradiciones, pero también de adaptarse a los tiempos modernos. Las fallas han demostrado su capacidad de evolución, incorporando nuevas formas de expresión artística y abordando cuestiones contemporáneas. Esta combinación de respeto por la historia y apertura a la innovación hace que las fallas sean únicas y cautivadoras. Porque, como siempre hemos dicho, somos fiesta, somos cultura, somos tradición, somos Patrimonio, pero también somos equidad, igualdad, diversidad e inclusión, porque todos los valencianos recibimos con los brazos abiertos a todas aquellas personas que quieran formar parte o disfrutar de nuestra fiesta marcera, la mejor fiesta del mundo, nuestras FALLAS.

Me gustaría concluir mi artículo con la siguiente reflexión: «las fallas son mucho más que una fiesta, son una oportunidad para celebrar la diversión y la diversidad en todo su esplendor».

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